Lesbofobia en el feminismo

Para muchos desinformados (y demasiados, voluntariamente), el feminismo es un movimiento que busca la supremacía de la mujer o, en su defecto, una igualdad ya conseguida mediante reivindicaciones totalmente innecesarias.

Para muchas otras, afortunadamente, el feminismo es una trinchera totalmente imprescindible desde la que luchamos día y noche por liberarnos de la opresión patriarcal, la misoginia, el machismo. Por la liberación de la mujer e incluso por la consecuente abolición o transgresión del género, dependiendo de con qué corriente del feminismo simpatices.

Sin embargo, el feminismo transversal implica mucho más. El feminismo desde la transversalidad, como ya aprendimos de la teoría de la interseccionalidad de Kimberlé Crenshaw (que enfatizaba la necesidad de escuchar a las mujeres racializadas en general y negras en particular que teorizaban sobre su propio sometimiento y lo confrontaban día a día), implica asumir que las mujeres blancas nos beneficiamos de la misoginia racializada que se perpetúa y que perpetuamos contra las mujeres racializadas en un sistema supremacista blanco. Tener en cuenta que el patriarcado y el capitalismo van de la mano y no habrá liberación de la mujer mientras unas tengamos privilegios sobre otras; mientras unas explotemos, incluso, a otras (no, el triunfo de la empresaria Ágata Ruiz de la Prada no es un triunfo del feminismo).

Pero el feminismo transversal, como ya aprendimos de feminismos como el post-colonial, la teoría queer, el lesbofeminismo, el feminismo lésbico, el mujerismo…; implica también reconocer el sufrimiento institucionalizado y las violencias sistémicas perpetuadas contra las mujeres que no somos heterosexuales. Perpetuadas contra las mujeres que nos relacionamos en el plano afectivo y/o sexual con otras mujeres.

O debería hacerlo, en teoría. Porque en la práctica, las corrientes hegemónicas del feminismo han dejado demasiadas veces a mujeres (e incluso mujeres que conformaban ellas también las filas de este movimiento) lesbianas y bis fuera de sus reivindicaciones.

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Y no solo eso: también las ha mandado callar directamente, sin tapujos, silenciando sus palabras para no tener que poner en el punto de mira los propios prejuicios y reconocer la violación de los que deberían ser derechos básicos para una vida digna de las compañeras sáficas (término que proviene de la poeta griega Safo, que amaba a otras mujeres).

Para quien crea que la lesbofobia en el feminismo es cosa de unas pocas, que es un asterisco, un defecto secundario; que investigue sobre aquella vez que Betty Friedan, mítica feminista de la Segunda Ola y entonces presidenta de la NOW (Organización Nacional de Mujeres estadounidense), calificó a las lesbianas de “amenaza lavanda” para el feminismo heterosexual.

Y para quien crea que la pandemia de la lesbofobia en el feminismo es cosa del pasado, porque claro, ahora ya está igual de “bien visto” ser lesbiana que ser heterosexual y cómo iba a seguir fallándonos el mismo feminismo que vindica nuestra liberación del yugo patriarcal; que no se olvide de las palabras de Kate Nash: “ser feminista no quiere decir que seas una tortillera”.

Pues a veces, ser feminista sí tiene mucho que ver con ser “una tortillera”, Kate.

Porque demasiadas veces, es siendo “una tortillera” cuando te enfrentas a la lesbofobia de los hombres (que no es sino la intersección entre la misoginia y la homofobia, y por tanto, el doble de letal); y es eso lo que te hace percatarte de que quieres vivir en un mundo en el que ser mujer y amar, o simplemente acostarte con otra mujer, no anule tu acceso a la dignidad mínima como persona ni te acarree violencias más directas o más sutiles, diariamente.

Porque, querida Kate, querida Betty, queridas feministas heterosexuales que os dejáis llevar por el ansia de que el feminismo no “asuste” a los hombres y os veis para ello en la necesidad de “distanciaros” de las malvadas lesbianas camioneras, marimacho y odia-hombres… queridas feministas heterosexuales, parece que se os olvida cuánto hemos hecho las lesbianas por nuestro (que no “vuestro”) movimiento.

Y es que, obviando el hecho de que si realmente sois tan feministas debería importaros la liberación de la mujer lesbiana o bi que se enfrenta al mismo patriarcado que vosotras en una de sus formas más crudas (y crueles), parece que os halláis faltas de memoria histórica cuando se trata de enumerar a mujeres sáficas eminentes en nuestras filas. Desde Monique Wittig hasta Angela Davis, pasando por Adrienne Rich y Audre Lorde, las mujeres que no regimos (o tratamos de no regir) nuestras vidas por la exigencia de la heterosexualidad obligatoria somos y hemos sido imprescindibles para el desarrollo de un feminismo anticapitalista, interseccional y transversal.

Que es, al final del día, el feminismo que realmente se preocupa por todas las mujeres y no sólo por unas pocas.

Sol Lila

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