¡Espabilad, malditos!

Cada vez quedan menos días de verano. Os preguntaréis por qué lanzo una afirmación tan estúpida, al tiempo que obvia. Pues bien, procedo a explicarme con la máxima diligencia y brevedad posibles.

Por primera vez en algunos años estoy bastante triste porque ya, como diría Amaral, no quedan (casi) días de verano. Y este es un dato demoledor si tenemos en cuenta que el próximo 24 de septiembre se celebran elecciones generales en Alemania, capital del IV Reich alemán, al que algunos llaman Europa. Resulta inquietante que los mass media no presten apenas atención a un acontecimiento tan relevante como es el proceso en el que se elige al Canciller de Europa (y, por ende, al de 1/3 del mundo). Las encuestas, que hace escasos meses daban la victoria al Partido Socialdemócrata (SPD) actualmente conformante de la “Gran Coalición” junto a la CDU de Merkel, ahora dan de nuevo una amplia ventaja a los conservadores alemanes, que han hecho de la austeridad y de las medidas destructoras del Estado del Bienestar que teorizó la Escuela de Chicago y puso en marcha por primera vez el gobierno dictatorial de Pinochet su doctrina.

Al frente del SPD encontramos a Martin Schulz, un librero que superó el alcoholismo y llegó a la Presidencia del Parlamento Europeo, con un perfil ligeramente más a la izquierda que el de sus predecesores que os dejo aquí. Si bien al principio su nominación como candidato supuso un revulsivo para el SPD y devolvió la esperanza a su casi medio millón de militantes, las encuestas reafirman a Angela Merkel en el poder, otorgándole, en todos los casos, más de 10 puntos de distancia con respecto a los socialdemócratas. Al tiempo que el SPD pierde fuelle, sus compañeros de la socialdemocracia verde, Alianza 90/ Los verdes y los marxistas de Die Linke (La izquierda) se mantienen con, aproximadamente un 8 y 9 % de los sufragios, respectivamente. El viraje a la derecha del Bundestag se consolidaría con la entrada– existe una barrera del 5 % para entrar– del FDP (liberales) y Alternative für Deutchland (extrema derecha populista xenófoba), que alcanzarían respectivamente cotas del 8 y 7 %.

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EMNID ALEMANIA/ Pasaporte Electoral

Con las encuestas en la mano, me temo lo peor. En el mejor de los casos, sería posible una  repetición de la gran coalición entre socialdemócratas y conservadores. Pese a ello, viendo cómo Merkel hizo suyo parte del programa del SPD de hace 10 años  y hundió a Schultz en las tres primeras batallas por los Landtags o estados federales en las que se han enfrentado desde que conocemos la candidatura de este (aquí podéis ampliar) y viendo cómo el apoyo a la Gran Coalición está por los suelos (bajando del 50 %) no parece una opción probable.  Tras el ‘no’ rotundo de Merkel a la ultraderecha sólo nos quedaría un escenario posible, que nace del pacto entre los liberales del FDP, los verdes socioliberales de Alianza 90/ Los Verdes (similares a los de la serie danesa Borgen) y la CDU de Doña Angela. A priori, este pacto supondría un viraje a la derecha en el ejecutivo alemán que bajo ningún concepto aportaría la savia nueva que necesita el Viejo Continente para regenerarse y el euro para resistir como moneda única.

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Ante el auge de los populismos de la extrema derecha xenófoba, la única opción alternativa de cambio democrático con posibilidades de consolidarse como fuerza hegemónica en Europa es el Movimento 5 Stelle italiano fundado por el cómico Beppe Grillo, cuyas 5 estrellas representan al transporte, conectividad, medio ambiente, agua pública y desarrollo. Esta formación, pese a este anhelo de cambio, no es más que otro partido atrapatodo, que realiza grandes renuncias programáticas para contentar al mayor número posible de personas, como el partido Rusia Unida de Putin o el Frente para la Victoria de Kirchner. Además, es parcialmente euroescéptico. En este batiburrillo de tendencias en el que se ven inmersas las nuevas formaciones, a mi juicio hay tres puntos clave por tratar, y la fuerza de cambio que anhelo en Europa debe ofrecer soluciones ante ellos; estos puntos son, eminentemente, la reforma política y democratización de las entidades supranacionales europeas, la reforma del funcionamiento del euro para evitar que las potencias norteñas ahoguen económicamente a las del sur capitaneando el BCE y, por ende, la toma de decisiones en política monetaria y, cómo no, el ofrecimiento de alternativas viables para solucionar la crisis de los refugiados, cuya respuesta ideada por Merkel no está siendo otra que la de enviar refugiados a Turquía a cambio de grandes cantidades de dinero. En definitiva, esto trata de convivencia y de DDHH.

Sin opciones de cambio claras consolidadas en los principales motores de Europa (con Alemania como máximo exponente) y con la extrema derecha construyendo hegemonía y ganando bastiones paulatinamente, encontramos una falta clara de proyecto por parte de la izquierda para confrontar estas alternativas. Los proyectos populistas de la izquierda europea están fallando (si supiera por qué os aseguro que no estaría aquí), y la falta de ilusión generalizada cada vez alcanza niveles más elevados, tras un tiempo de esperanza liderado por la victoria del gobierno de izquierdas en Portugal y el surgimiento de formaciones como Podemos, que en pocos meses rompieron el bipartidismo y parecieron destinadas a liderar un cambio que, a día de hoy, se les antoja difícil sin pactar con las antiguas formaciones del régimen. Cabe aclarar que, lógicamente, esta reflexión se construye sobre la base de que quienes nos han traído a esta crisis de régimen no parecen los más adecuarnos para sacarnos de ella. Pese a que esto parezca otra distopía orwelliana, como dijo Allende “la Historia es nuestra, y la hacen los pueblos”. Pongámonos a trabajar para construir alternativas, pues en nuestras manos está la invención de la semilla que puede hacer rebrotar la libertad, la igualdad y la fraternidad en Europa, similar a aquella que alguien inventó antaño en América Latina.

Hoy es siempre todavía- Antonio Machado

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