Cónclave de marchantes

Mientras paseaba por los cuadros de ARCO, absorto en cavilaciones personales, me di cuenta de que lo que más me gustaba en ellos era mi reflejo, y no es que sea mi lánguida imagen reflectada algo digno de pararse a contemplar. Eran, la inmensa mayoría, de colores vivos y texturas placenteras, artesanías que imaginaba colgadas en la recepción de algún psicólogo de prestigio.

Las obras de ARCO eran sin duda decoraciones que venían como anillo al dedo para aquellos lofts deshumanizados, clínicos, de amplios ventanales, que algunos ricos tienen la osadía de llamar hogar. Pero para nada me los imaginaba dignos de ocupar espacios sagrados, como el templo del Arte que puede ser un museo. En caso de que, por casualidades de la providencia, acabaran en alguno de estos lugares, los intuía extraños, desentonando en aquella fiesta, preguntándose: ¿Qué hago yo aquí? Lo mismo que los inquilinos naturales de estos templos seguro que actuarían con indiferencia y desprecio ante tales inesperados huéspedes. 

Inmerso en estas reflexiones, tratando de buscar sentido a tan simple obra, acabé por volver a la esencia: ¿qué es el Arte? El Arte es la expresión máxima de la sociedad que lo crea, el reflejo de su cultura y de su pensamiento, su alma expresada a través de elementos materiales, de formas, de líneas, de colores, capaces de elevar a quien los contempla hasta conceptos inefables.

Y, entonces, me sobrevinieron las dudas: ¿Acaso es esta nuestra sociedad? ¿Tan pobres de sustancia somos? Miré a mí alrededor y realmente vi representado en ARCO la artificialidad de nuestros días, la pérdida de valores supremos, el rumbo sin destino que nos imbuyó el relativismo, una sociedad dando palos de ciego donde todo vale. 

Aunque pronto dejé de lado tales meditaciones, dándome cuenta de que yo fui el responsable de llevarme tal desilusión. Yo fui el responsable por haberme creído el revestimiento áureo con el que los medios tratan esta feria, por haber aceptado el marketing con el que se vende, pues fui consciente de que ARCO no es una reunión de artistas, sino un cónclave de marchantes.

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De repente, todo tuvo sentido otra vez: el porqué de que lo cuadros parecieran estar hechos para decorar casas, el porqué de que todo fuera tan deshumanizado y el porqué de que hubiera tanta gente ajena al mundo del arte, con el único interés de buscar un fondo bonito donde posar. Y es que no estaba en una exposición o en un museo, estaba en un centro comercial. 

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