Dijous 20 Febrer, 2020

El Fin de la Historia

Después de El Padrino, nadie esperaba que El padrino: Parte II pudiera ser incluso mejor. Pero lo fue. De hecho, lo es. Y pese a que El padrino: Parte III no sea igual de brillante, no sobra. No es un error. De hecho, su falta de brillo, provoca que las otras dos películas reluzcan aún más. Y esto lo vemos ahora, con cierta perspectiva. Porque, “da igual lo rápido que andes, al final el tiempo y los semáforos, nos ponen a cada uno en su lugar”.

Hay veces en las que para ver la solución a un puzzle, debemos alejarnos un poco. Cuando Francis Fukuyama planteó en 1992 la tesis de El fin de la Historia, la caída del muro y de la URSS aún estaban demasiado recientes. Y quizá por ello, sus argumentos hoy han perdido el peso que tenían entonces. Porque las cosas cambian, el mundo y las personas se mueven y los relatos de ayer, es probable que no sirvan para hoy. Y mucho menos para mañana.

Nosotros mismos, desde pequeños, construimos relatos en base a nuestra educación y nuestras propias experiencias vitales. Nuestra ideología, nuestro equipo de fútbol, nuestros sentimientos… Todo lo que pasa por nuestra mente, todo lo que hacemos, pensamos y sentimos, está dentro de una película, la nuestra. Dentro de un sueño en el que nosotros mismos somos los arquitectos, y los soñadores. Y el guión de esta película, de nuestro mundo, no es más que la suma de nuestras experiencias convertidas en ideas que nuestro subconsciente racionaliza e intenta perseguir.

   

Por ello, una idea, y más una propia, es tan difícil de erradicar. Por eso nos empeñamos en tener razón, en intentar vivir según nuestro relato. Porque sí, lo hacemos. Todos y constantemente. Condicionamos nuestra vida, nuestras amistades, nuestras relaciones y elecciones, en base a nuestra idea de “cómo tendrían que ser las cosas”. Vivimos nuestra realidad, nuestro presente, soñando individualmente. Con esa mirada utópica e idealizada de nuestro subconsciente. Y así, nos limitamos las posibilidades para seguir vidas coherentes con nuestro propio relato. Pero viviendo por la fuerza de la costumbre y con vértigo a la incertidumbre.

Qué bonito sería encontrar algo, o alguien, por quien cambiar tu manera de ver el mundo. Alguien a quien dejar escribir líneas enteras en tu propio guión, a quien dejar ser arquitecto en tu propio sueño. Alguien con quien crear, desde cero, un mundo lleno de ideas compartidas y donde vuestra memoria poética se funda para ser una sola. Pero no. Palermo no es Hollywood. Y aunque cueste, a veces hay que aceptar que cuando suena la alarma del despertador, debemos volver a la realidad por muy bonito que sea el sueño.

Al final, solamente el tiempo y los semáforos, nos ponen a cada uno en nuestro lugar. Después de muchos meses de “vacaciones”, estar aquí escribiendo de nuevo frente al Mirall, me ayuda a reordenar mi realidad, mis ideas y mis sueños. Porque yo, como Margallo y Unamuno, “duermo mucho, pero cuando estoy despierto, estoy más despierto que usted”.

“¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.”

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