La irrupción de nuevos partidos en un panorama político con espacios ideológicos sin ocupar suele resultar positivo. Al fin y al cabo, el objetivo del Gobierno Representativo es ser de alguna forma un reflejo lo más fiel posible de la voluntad del pueblo.

A la hora de establecer un núcleo de votantes, es importante definir cuál será el target, en base a qué valores prioriza y de qué manera. En otras palabras: la importancia que le dan a un tema y la opinión que tienen sobre el mismo. En este sentido, y para analizar la irrupción de un partido de nueva creación (o uno ya existente que comienza a ser relevante) existen factores que influyen de manera determinante en su éxito. Como ya se vio con Podemos, la manera en la que conectas con tu electorado es clave, y resulta evidente que la ruptura del bipartidismo trajo consigo un cambio de paradigma en la relación de los partidos con la gente.

Hablar desde fuera de las instituciones siempre ha sido sencillo: puedes atizar a tu contrincante sin que tenga opción a réplica; pues, si no ha tocado poder, es materialmente imposible que se haya manchado las manos. A este fenómeno lo llamo el aprovechamiento de la primera bala, y consiste en utilizar la condición de partido nuevo para argumentar a favor de la regeneración y criticar comportamientos poco éticos de otros partidos. Es un golpe gratuito y sin respuesta posible, pero tiene una desventaja: su caducidad. Este argumentario se acaba en el momento en el que entras en alguna institución; ya que cualquier partido, sea cual sea su ideología (unos en mayor medida que otros, todo hay que decirlo) tienen manzanas podridas. Ese discurso le está siendo extremadamente útil a Vox estos meses, pero, tal como le pasó a Podemos, se acabará. Todo se ve más fácil desde fuera… hasta que entras.

La estrategia de comunicación política y precampaña de Vox está siendo brillante. Como si de una partida de ajedrez se tratase, en el partido verde saben qué fichas jugar y cómo hacerlo, usando a una persona u otra en función de sus conocimientos y capacidades y cubriendo el tablero político de una forma magistral. Si España fuese una partida de ajedrez y Vox las piezas blancas (hecho meramente casual y sin ninguna relación con su ideología o pensamiento), Santiago Abascal sería el Rey. Y es así porque lidera la partida, ejerce de cabeza visible y de su protección depende el resultado. La función del Presidente de Vox es la de representar un ideario que necesita de incorrección discursiva para ser viable. El sosiego y la serenidad han sido históricamente importantes virtudes en el diálogo, pero parece que han perecido ante la fiereza y grosería (rozando en muchas ocasiones la falta de respeto) que alcanzaron su hegemonía con Trump y Bolsonaro. Abascal es mediocre, pero tiene carisma y el coraje de llevar sus ideas hasta las últimas consecuencias. Su figura es la de un macho alfa, alguien cuyo mero semblante inspira seguridad y confianza; una persona cuya vida ha sido una eterna batalla en desventaja contra el terrorismo de la cual ha resultado ganador. Sus electores no quieren un intelectual, sino un férreo adalid. Por eso su estampa resulta idónea.

Para alguien que desconozca las reglas del juego político-ajedrecístico puede parecer que el Rey es la ficha más importante, pero a poco que comprendas un poco cómo funciona es sencillo darse cuenta de que no es la más útil. La Reina constituye la figura por excelencia, y su equivalente en nuestra particular analogía es Javier Ortega Smith. La pieza más versátil y a la que más rentabilidad se le está sacando. El Secretario General del partido está resultando sin lugar a dudas una de las grandes claves del auge de Vox. Abogado y ex-miembro del Grupo de Operaciones Especiales (Cuerpo de Élite de las Fuerzas Armadas), Ortega Smith está teniendo un desempeño incomparable en precampaña. Su salto a la fama en 2016 por extender una bandera de España gigante en Gibraltar (donde tenía prohibida la entrada por una protesta anterior) representa bastante bien su figura. Certero, directo y de claro temperamento flemático, constituye la antítesis de Abascal. Frente a la agresividad, calma. Ante la emocionalidad, raciocinio. Eso, sumado a su condición de abogado, hace que sea la persona idónea para visitar platós de televisión y debates varios. Ortega Smith es un magnífico debatiente porque nunca pierde las formas, tiene una capacidad de argumentación extraordinaria y, sobre todo, su conocimiento de la ley lo hace muy difícil de rebatir. Al fin y al cabo, usar a tu favor la jurisprudencia es un argumento de autoridad indiscutible. En Vox son conocedores de esto, y han orientado su relación con los medios de una forma muy inteligente, redefiniendo el vínculo periodismo-política como una necesidad más de los primeros que de los segundos y usando a la Reina Verde como punta de lanza en su relación con ellos. Además de eso, Ortega Smith ha recorrido de forma incansable un número enorme de pueblos y ciudades, sacando su lado más político en mítines que, pese a no ser su especialidad ni estilo, ha llevado adelante con bastante éxito. La conquista del territorio nacional (literal y metafóricamente) es la mayor obsesión de Vox, y mientras la cara visible de Abascal es la que lidera el movimiento, el esfuerzo más importante se ha hecho poco a poco en la España profunda.

El tablero es extenso, pero las dos fichas siguientes en valor son las torres. Y en Vox se alzan dos por igual: Iván Espinosa de los Monteros y Rocío Monasterio; número 3 y 4 del partido, respectivamente. La pareja ultraconservadora de Vox (valga la redundancia). El primero ostenta el puesto de Vicesecretario de Relaciones Internacionales. Ha vivido y trabajado en Estados Unidos, y se autodefine como emprendedor. Titular de más de una sociedad, no resulta complicado entender su éxito si tenemos en cuenta que su padre fue Alto Comisionado del Gobierno y Presidente de Iberia. La estrategia de Vox para con Iván ha sido la de hacerle un trotamundos. Al fin y al cabo, una de las críticas al partido verde es la de su exacerbado nacionalismo, que suele venir unido a un rechazo a otras culturas y un sentimiento de superioridad. Ante eso, Espinosa de los Monteros ha recorrido diferentes países, llegando a reunirse incluso con dirigentes de los mismos y poniendo posturas en común con fuerzas similares de otros lugares. La intención detrás de esto es la de aparentar aperturismo, moderación e incluso una suerte de internacionalismo que blanquee (o al menos diluya) la posición del partido en cuanto a inmigración, Islam o globalización.

Rocío Monasterio es la figura visible de Vox por Madrid. Obsesionada con la intencionadamente mal llamada ‘’ideología de género’’ y relacionada de cerca con HazteOir, Actuall y demás cabezas del lobby ultraconservador liderado por Ignacio Arsuaga, Rocío es una vieja conocida del movimiento provida, anti LGBT y anti feminista. Su estilo, orientado a criticar esa dictadura de la corrección política de la que tanto hablan en la formación verde, encaja perfectamente. Además, su condición de mujer le otorga cierta legitimidad invisible pero efectiva a la hora de hablar de feminismo, liderando ese nuevo grupo de señoras (y jóvenes) que rechazan de plano el movimiento y lo consideran innecesario, tóxico y excluyente. Juntos, la pareja representa a la perfección el franquismo sociológico del que parece que una parte de la sociedad española se rehúsa a salir. Son un matrimonio en la era de la información, pero en realidad resultan hijos indirectos de una época oscura y liberticida, que parece que nuestro país olvida para mal en cunetas y recuerdan solo los nostálgicos de algo que no vale la pena echar de menos.

La extrema derecha del mundo parece en gran medida cortada con el mismo patrón. Y es que, pese a que sí existen diferencias relevantes entre unos países y otros, también encontramos un modelo base y común a todas las propuestas con el que Steve Bannon tiene mucho que ver. El que fuera Estratega Jefe de la Casa Blanca con Donald Trump, emprendió hace tiempo una ‘’gira’’ por el Viejo Continente, asesorando a todos los partidos de extrema derecha que precisaban de sus servicios. Desde luego, no es casualidad que en los últimos años se haya producido un repunte del radicalismo conservador. Tampoco lo es que un movimiento tan decrépito haya aprendido de repente a hacer política en el Siglo XXI, usando de forma efectiva memes, redes sociales y medios como si de nativos digitales se tratase. Y es que, si la política es un tablero de ajedrez, Steve Bannon bien podría ser el ajedrecista. No el único, desde luego. Pero sí uno muy importante.

Aunque parece que las encuestas coinciden en la posición de Vox como quinta fuerza y su estancamiento, no podemos minusvalorar la fuerza con la que ha irrumpido en el panorama electoral. Lo determinante de que una fuerza tan arcaica entre en el juego político no es tanto su posible actuación en las instituciones, sino más bien su forma de influir en la agenda del resto de formaciones (lo hemos visto con el tema de las armas, por ejemplo) y su capacidad de determinar ciertas decisiones que sin ellos podrían resolverse de otra manera. No está claro si hay más extrema derecha que antes o si la que ya había hace ahora más ruido. Lo que está claro es que España tiene un problema, y no es político sino sociológico. Las instituciones son el terreno de disputa en campaña electoral, pero el background sigue siendo la guerra ideológica. Y es una batalla que no podemos permitirnos perder.

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