Ana Julia y las miserias de la sociedad española

Hace 14 días la desaparición de Gabriel Cruz, un niño almeriense de 8 años conmocionó al país. Cientos de personas se organizaron para colaborar con las autoridades en su búsqueda, los gestos de solidaridad hacia los padres y las campañas de apoyo se extendieron por el territorio y las redes sociales. Sin embargo, los últimos acontecimientos han enturbiado el dolor y las muestras de respaldo se han convertido en un fango de odio que ha dejado al descubierto las miserias de la sociedad española. Y es que Ana Julia Quezada, presunta asesina confesa de Gabriel no es solo una infanticida, también es mujer y más importantes una mujer migrante y racializada. En el caos mediático generalizado tras la detención de Ana Julia, hemos tenido que observar como “puta negra de mierda” se convertía ayer en Trending Topic en España, como se utilizaba el dolor de una madre y un padre para lanzar espumarajos en forma de discurso de odio y como unos medios de comunicación ávidos de escándalos y exclusivas recaen de nuevo en los infames métodos sensacionalistas de casos como el de Diana Quer. Titulares recalcando sus orígenes, su género y su color de piel que poco tienen de informativos– y mucho de discurso ideológico- y que deberían avergonzar a cualquier informador y en general cualquier persona, con un mínimo conocimiento del código ético periodístico o de decencia humana.

Entre esta horda de autodenominados/as/es periodistas hemos tenido que leer las nauseabundas opiniones de Federico Jiménez Losantos que, en un acto de irresponsabilidad misógina que por desgracia ya no sorprende, mezclaba en un mismo artículo la huelga del pasado 8 de marzo y el caso de Gabriel. “El pasado día 8 las más conspicuas publicistas del sexismo feminista, y los periodistos feministos que cumplen condena de género, han repetido infinitas veces que la violencia es cosa del heteropatriarcado machista y criminal” vomitaba Losantos sin ningún atisbo de decencia. Quizás alguien podría explicarle al infame “periodista” que de acuerdo con el estudio mundial más reciente sobre homicidios de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), publicado en 2014, cerca de 95% de los homicidas a nivel global son hombres. Quizás alguien podría explicarle que desde 2010, 28 niñas/os/es han sido asesinadas/os/es por parejas o exparejas de víctimas de violencia de género, que este año ya son 7 las mujeres los feminicidios y que el año pasado fueron 56 mujeres y niñas/es/os, según las cifras oficiales los que se llevó por delante esa violencia patriarcal que le parece motivo de sorna. Según observatorios independientes, las cifras aumentan escandalosamente 99 asesinatos de mujeres, 83 de ellos feminicidios.

Hemos observado horrorizadas/es/os como la rabia, el dolor y la indignación han servido para justificar un discurso violento, misógino y xenófobo que perdura preocupantemente en España y que en casos como este se ve legitimado para salir de la cueva en la que siempre está latente. Hoy mujeres racializadas denunciaban agresiones y amenazas. Antoinette Torres, directora de la revista Afroféminas alertaba de los insultos recibidos por una mujer negra, médica que llevaba a sus hijos al colegio. Para aquellos que tratan de despolitizar estos discursos de odio creo que este tipo de agresiones deberían bastar para hacernos repensar y situar los sentimientos que emergen ante actos atroces como el infanticidio. Hemos de ser conscientes de la responsabilidad de nuestros comentarios, casos como este son los que dan alas a aquellos que justifican discursos como el de Trump hacia los latinos o, en territorio nacional las vergonzosas declaraciones de García-Albiol.

Con el caso de la pequeña Naiara, también de ocho años pero niña y negra, aún en la memoria y el silencio cómplice de los medios y la sociedad ante este caso es necesario preguntarse por qué su caso no ha tenido la misma repercusión, cuales son los criterios que mueven a los medios para dar cierta cobertura a según que casos mientras otros caen en el olvido. Podría parecer que el color de piel es uno de los criterios a seguir.

Más preocupante aún es la congregación de una masa furiosa ante la comisaria de Almería donde permanece detenida Ana Julia, exigiendo al grito de “que la saquen” un ajusticiamiento callejero que algunos confunden con justicia. Recuerdan dolorosamente estas imágenes a los linchamientos del sur estadounidense durante los años de la Ley Lynch. Aquellos oscuros momentos en los que hombres blancos, legitimados por la ley, se armaban y organizaban para sacar a hombres negros de las cárceles, torturarles y ahorcarles sin juicio previo. “La gente blanca concluyó que era innecesario esperar al resultado de la investigación- que era preferible ahorcar al acusado primero y juzgarle después” escribía Ida B. Wells (1892), valiente periodista negra que expuso el horror racista de los linchamientos y fue perseguida por ello. Es escalofriante comprobar como esas palabras, escritas hace más de un siglo conservan una desgarradora vigencia y aplicabilidad en el caso de Gabriel.

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Los partidos políticos a la derecha del espectro han aprovechado también el clima social, tratando de obtener apoyo público y político para una prisión permanente revisable que es una aberración para el Estado de Derecho y que convertía en papel mojado unos Derechos Humanos por los que lucharon incansablemente nuestras/es/os antepasadas/es/os y por los que tanta sangre se derramó. Ciudadanos, que hasta hace unas semanas se oponía a este tipo de condena se ha unido al PP en su sensacionalismo punitivo, pidiendo la paralización de la derogación de la prisión permanente revisable, que fue aprobada en Las Cortes. La irresponsabilidad populista de C’s, intentando arañar votos no es más que otro síntoma de la baja calidad que tiene nuestro Estado de Derecho. A muchos de los partidos mal llamados constitucionalistas parece habérseles olvidado el artículo 25.2 de nuestra Constitución: “Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social” premisa incompatible por razones obvias con la cadena perpetua, por muy revisable que pueda ser.

Poco hemos aprendido de aquellas voces que, desde Foucault (1975) nos recuerdan que las prisiones no son más que otro engranaje de control social, en especial hacia ciertos sectores oprimidos y criminalizados de la población. Angela Davis (2003) insistía , “la institución de la cárcel y su uso discursivo producen el tipo de prisionero que a su vez justifica la expansión de la misma” . Es momento también de repensar las estrategias punitivas, de asumir la remodelación del sistema carcelario y la responsabilidad de la sociedad hacia las personas que cometen actos delictivos. Las cárceles no pueden seguir siendo un lugar de deshumanización y abandono donde la sociedad tranquilamente aglutine a aquellos que delinquen sin realizar un análisis profundo de cada situación y de las posibilidades de reinserción, es una deuda pendiente con la democracia y la justicia.

Aquellos que hemos llamado la atención sobre el tinte racista y misógino de los discursos de odio hemos tenido que soportal la criminalización de nuestro discurso por parte de aquellos cuyas palabras rezumaban odio. Periodistas como Ignacio Escolar han visto sus palabras retorcidas por medios de extrema derecha para achacarle una falta de consideración hacia la madre y el padre. Se nos ha tildado de inhumanos, de falta de sensibilidad y solidaridad con una familia cuyo sufrimiento es inimaginable simplemente por el hecho de defender los más básicos Derechos Humanos. La propia madre de Gabriel se ha visto obligada a declarar: “Que nadie hable más de Ana Julia. Que no aparezca en ningún sitio y que nadie retuitee cosas de rabia porque ese no era mi hijo y esa no soy”. Es devastador ver como una madre que acaba de perder a su hijo, en un acto de dignidad conmovedor, no permite que el dolor nuble su humanidad mientras que una sociedad ávida de sangre embarra un luto necesario con racismo y misoginia. Parece que, como sociedad democrática, aún nos queda mucho por hacer.

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