Charlot y el Dictador

Charles Chaplin y Adolf Hitler fueron dos de esos personajes históricos que a nadie dejaron indiferente. Ambos tienen, a mi juicio, dos características muy significativas en común: llenaron de esperanza a millones de personas y fueron totalmente transversales a la hora de llegar a grandes públicos, a la gran masa del siglo XX, acostumbrada a recibir información de manera unidireccional a través de los grandes medios de comunicación masivos.

El documental Charlot y el dictador, producido y emitido por la BBC, narra cómo las vidas de ambos personajes históricos, que nacieron con escasos días de diferencia, y que siempre tuvieron muchas características y rasgos contrapuestos (judío contra antisemita confeso, simpatizante de las ideas socialistas contra creador del nazismo a partir de los preceptos del fascismo de Mussolini, precursor de la risa como filosofía de vida contra precursor del odio y el sentimiento revanchista como filosofía) se llegaron a encontrar de manera indirecta durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el director de cine mudo decidió hacer su primera película no muda, El Gran Dictador, en la que satirizó de manera sobresaliente contra el régimen de la Alemania nazi. En ese momento, los caminos de dos vidas opuestas convergieron por primera vez. El superhombre del bigote contra el payaso del bigote, ¿quién ganaría?

Charlie Chaplin, con su película, desbordó los cines de todo el mundo, e incluso consiguió hacer reír al propio Adolf Hitler, plantando cara al nazismo mientras los dirigentes de los principales regímenes democráticos guardaban silencio cobardemente, apavoridos ante posibles represalias. El filme constituyó uno de los hitos propagandísticos más importantes de la Segunda Guerra Mundial y el discurso final de la película, donde Chaplin es él mismo por primera vez en la historia del cine, constituye uno de los alegatos más sólidos y brillantes contra el fascismo, el nazismo y todo régimen que oprime y coarta la voluntad de los individuos. Lo que Chaplin desconocía es que ese régimen que lo había llevado a la cúspide destruiría su carrera cinematográfica y lo perseguiría por sus ideas políticas a través de personalidades como el senador republicano McCarthy quien, en su “caza de brujas” (su cruzada particular contra el socialismo) lo incluiría en la lista negra (como bien se refleja en la película de reciente estreno Trumbo)  y lo obligaría a marcharse de ese país que se consideraba a sí mismo el adalid de las libertades y los derechos individuales, por el que tanto había dado en su condición de actor y en la de antifascista.

Ambos perdieron y, mientras el superhombre del bigote acabó suicidándose en su búnker en 1945, el payaso del bigote se exilió al Reino Unido, su país natal, donde fue recibido con toda clase de honores y condecoraciones. Aunque nunca volvió a lanzar producciones de la misa calidad cinematográfica que Tiempos Modernos o El Gran Dictador, Chaplin vivió feliz en Suiza y jamás quiso volver al país que había tratado de humillarlo por sus ideas políticas, con la salvedad del día que recibió un premio por su trayectoria cinematográfica. En el imaginario colectivo pervivirán dos genios capaces de comprender el funcionamiento de la mente humana y vender sus productos, cinematográficos por un lado, y políticos por otro. Uno supo hacer feliz al mundo y extraer nexos en común entre los ciudadanos, y el otro buscó a quienes tenían diferencias con él y los exterminó sin contemplaciones para extirparlas.

La reflexión con que, a título personal, me quedo, es que,  sólo si aprovechásemos el potencial de los genios para hacer el bien, conseguiríamos verdaderamente que este mundo fuese un poquito más justo y más humano. Como dijo Gabriel García Márquez, “recordar es fácil para quien tiene memoria, olvidar es difícil para quien tiene corazón”.

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