El negacionismo, ese gran lastre

Gracias a las redes sociales y al ámbito académico tengo la gran oportunidad de cruzarme a diario con gente de todo tipo que defiende gran variedad de ideologías, cosa que me permite observar desde un prisma amplio un comportamiento generalizado, el negacionismo. A primera vista este término lo relacionamos con las corrientes neofascistas actuales y su obsesión con negar el Holocausto o ciertas atrocidades, pero esto va mucho más allá, me intentaré explicar de la forma más breve posible. Cada 12 de octubre podemos ver claramente dos pensamientos globales, en un lado tenemos a los que reivindican las identidades culturales libres de los pueblos de América asociando a España con el imperialismo opresor, y por el otro a los nacionalistas de pura cepa que reivindican el papel de España en esa culturalización en América en contra de los otros imperios. Visto desde lejos es la misma historia cada año, mismos argumentos, mismas viñetas, mismas ideas encima de la mesa, pero si profundizamos un poco vemos que existe un claro negacionismo en torno a este capítulo de la historia. Por una parte se interpreta mal la historia y se tilda incluso a Colón de genocida, fruto casi siempre más del desconocimiento que de la propia voluntad. Pero por la otra te sacan libros negros “creados” por los imperios rivales “más sangrientos” que buscan desprestigiar a España y así salir ellos más airosos en el relato. Suelen apelar a esos libros negros los partidarios del imperialismo español de la misma forma que muchos comunistas apelan al “Libro Negro del Comunismo”, para señalar la propaganda, la desinformación. A título personal creo que es evidente que la propaganda ha sido clave en muchos enfrentamientos, al mismo nivel que el choque bélico, pero de ahí a negar ciertas negligencias históricas de los tuyos hay un trecho.

Encontramos esa misma praxis con los ingleses y la India, con el genocidio armenio, Holodomor o ciertos capítulos de la Revolución Cultural China. A un lado tenemos intenciones de criminalizar exponencialmente al bando ideológico contrario, y por el otro un negacionismo que choca con el pragmatismo que debería verse, ese realismo que se pide para contextualizar y poder hablar de ciertos capítulos históricos con el máximo rigor posible. El no va más fue el otro día debatiendo con un excompañero de facultad sobre el papel de España en Cuba con Valeriano Weyler, me sacó unos PDF y acto seguido decía que los americanos habían manipulado todo para hacer ver que España había puesto campos de trabajo de azúcar y tabaco, que en verdad era mentira todo. ¿Cuál fue mi reacción? Pues mi sentimiento ya era de cansancio, porque mire donde mire de nadie ha sido la culpa de nada y todo es propaganda si hago caso a todo el mundo. ¿Matanzas en América? Mentira, los ingleses manipulan. ¿Inquisición en España? Mentira, los protestantes manipulan. ¿Campos de trabajo en Cuba? Mentira, los americanos disfrazaron la historia. ¿Campos en Siberia? Bueno, un error pero los capitalistas han contado de más. ¿Hambruna en China? Culpa de los burócratas y las exigencias de la URSS. ¿Campos de exterminio nazis? Mentira, los alemanes solo desinfectaban prisioneros, el Zyklon B era pesticida.

Todas estas respuestas están al orden del día en cada debate banal sobre temas que merecen mucho más que respeto, merecen rigor. Sabéis que no simpatizo por ejemplo con ideas intervencionistas, jamás defenderé teorías socialistas, pero aún menos falsear y decir que murieron 500 millones un día, 200 millones el otro y mañana mismo 700. Total, qué más da un millón arriba, un millón abajo, nuestra familia no está ahí, ¿no? Me parecen atrocidades humanas concebidas mayormente en pleno s.XX y que poco rigor histórico se le exige a la gente cuando habla de ellas. El peor de los casos actualmente ya no es la malinterpretación o sesgo ideológico que se le da a las cosas, es la total ignorancia sobre ellas,  por ejemplo el caso de los campos de trabajo españoles tras la Guerra Civil o los pelotones de trabajo, miles de familias destrozadas ante miles de desapariciones. La propaganda estatal de más de 3 décadas cumplió con su cometido,  se habla más de gulags o campos de reeducación coreanos que del campo de Miranda de Ebro o Albatera, campos comandados por gente como Paul Winzer, jefe de la GESTAPO en España o vaciados por Ramón Serrano Suñer, germanófilo y cuñado del Generalísimo. ¿Por qué este apartado de la historia tampoco acabó de cuajar en el colectivo? Fácil, por ejemplo Hollywood no ha hecho películas heroicas sobre ellos. ¿Cuánta gente conoce los nombres de los campos simplemente por “El Niño del Pijama de Rayas”, “El Pianista” o “La Lista de Schindler”? La mente colectiva por desgracia sigue agarrada a la opinión marcada por grandes influenciadores sean de la gran pantalla, en papel o en forma de mitin.

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