Ganar en libertad sin perder en salud: La conquista de la libertad sexual que nunca se consiguió

Cuando en 2014 Alberto Ruiz-Gallardón propuso una reforma más restrictiva de la Ley Orgánica de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo creada en 2010, el movimiento feminista de todo el estado se alzó en una lucha que muchas feministas jóvenes conocíamos pero no habíamos vivido tan de cerca. Mi cuerpo es mío o Nosotras parimos nosotras decidimos son lemas con los que hemos crecido e interiorizado de manera casi automática, y durante ese año fue la primera vez en un largo periodo de tiempo que distintas generaciones de mujeres feministas nos unimos para reivindicar algo tan de base como qué queríamos decidir sobre nuestra concepción, es decir, sobre cómo vivir nuestros cuerpos y nuestras vidas.

A pesar de nuestra determinación momentánea de evitar esta reforma de ley, y la victoria posterior, se esconde una nefasta realidad. Antes de llegar la decisión de practicar o no un aborto, un cuerpo con la capacidad de concebir no tiene un acceso realmente libre a la decisión de tener o no descendencia. A las mujeres se nos ha impedido desarrollar una anticoncepción sana, libre y segura que nos permita tener una vida sexual libre y saludable. Se nos permite decidir, sí, pero no del todo libres aunque tengamos muchos medios a nuestro alrededor.

¿Una batalla ya ganada?

El movimiento feminista estadounidense de los años 60-70 abrazó la píldora anticonceptiva con mucho entusiasmo. En ella encontró la posibilidad de gestionar una libertad sexual ascendente sin comprometer la toma de decisión individual de ser madre en este proceso. Puesto que el preservativo es un método que debe ser pactado previamente para ser utilizado, la píldora suponía un rayo de esperanza a la toma de poder de las mujeres durante esa década. Lo que en su momento se veneró desde el feminismo y se promocionaba su uso desde grupos que trabajaban en centros de planificación familiar, ahora lo cuestionamos por el impacto negativo que tiene sobre nuestros cuerpos.

Según pasaron los años, supimos que la píldora anticonceptiva tenía una gran incidencia en nuestros cuerpos, pudiendo generar efectos secundarios que van desde la variación de peso hasta la disminución de la libido. No obstante, se consideraron demasiado leves como para prestarles atención, aunque los cuerpos pudieran verse afectados.

De esta manera, a pesar de que los métodos anticonceptivos han avanzado mucho, nos encontramos en la tesitura de que los más comunes tienen unas fallas relevantes para la protección del cuerpo de las mujeres: el uso del preservativo debe ser pactado con otros, por lo que la decisión no es plenamente tuya ni desgraciadamente siempre está en tu mano, y el uso de los métodos hormonales tiene efectos secundarios de los que no se nos suele informar o a los que se restan importancia.

El uso de los métodos femeninos no hormonales necesitan de una implicación médica fuerte y algunos han demostrado ser muy nocivos para la salud, como el método permanente Essure, que ha llegado a prohibiste desde la Unión Europea porque afectaba a los órganos reproductivos hasta llegar a casos de extirpación de útero.

La necesidad de una anticoncepción segura, sana e igualitaria

Esto no sólo supone un problema individual de las mujeres afectadas, sino que es un problema colectivo grave que afecta a la libre toma de decisión de las mujeres y de la libertad de los cuerpos. Para las más vulnerables, sobre todo las menores de edad, el acceso a la anticoncepción es en ocasiones dificultosa e irregular. Los métodos hormonales en nuestro país apenas están subvencionados si se tratan de formulaciones de tercera generación u otras aplicaciones como el anillo hormonal.

Para poder acceder a cualquier método, hormonal o no, se necesita de atención médica especializada, que dificulta el acceso a mujeres migrantes y menores. En ocasiones, los anticonceptivos hormonales pueden ser recetados por médicos no especialistas, relacionado con un posible bajo seguimiento de los efectos secundarios de las hormonas y de su eficacia, que a su vez podría llegar a provocar alguna negligencia fácilmente evitable.

Con todas estas reflexiones mi objetivo no es desviar la atención a opiniones que desechan los métodos anticonceptivos hormonales, o que demonizan la práctica médica, sino arrojar luz hacia la idea de generar un conocimiento de salud sexual que no dañe los cuerpos de las mujeres para conseguir sus objetivos.

La necesidad de caminar hacia una ciencia médica más amable con los cuerpos de mujeres es una realidad que nos grita cada vez más alto. Una realidad que nos señala que la libertad no se debe pagar con salud, sino que la libertad debe ser sana y segura. Y por esta necesidad de libertad seguimos caminando, desde el principio del movimiento feminista  y en el futuro de éste.

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