La Caja de Pandora: autoorganización feminista en el arte y la cultura

LCDP se propone como un espacio de sororidad, cuidados y lucha por un contexto artístico libre de machismo y abusos de poder.

No, nosotras no somos el #MeToo español, porque nosotras llegamos antes pero apenas se nos vio. Nosotras formamos parte de una lucha feminista que comienza a desbordar todos los contextos, que se abraza y se teje con experiencias y mundos diversos, que de repente llega a Hollywood pero ya había llegado a nuestros barrios hace tiempo. Nosotras formamos parte del movimiento que agita el mundo cada 8 de marzo. Esa es nuestra lucha. Somos más de tres mil personas vinculadas al arte y la cultura, y nos hemos organizado para crear un espacio de apoyo y cuidado para mujeres e identidades disidentes.

LCDP nació el verano pasado, al calor de una ola de solidaridad masiva en redes hacia la artista Carmen Tomé, quien denunció públicamente la agresión sexual que sufrió por parte del comisario y gestor cultural Javier Duero, con quien había compartido espacio en unas residencias artísticas. De repente nos dimos cuenta de que no éramos las únicas; de que esto también manchaba de mierda un mundillo tan aséptico, intelectual y progre como el artístico. No, aquí tampoco estábamos a salvo, pero nos teníamos las unas a las otras. Recuerdo que, durante aquellas semanas, una compañera publicó un texto en el que utilizaba el mito de Pandora en alusión al acto de valentía de Carmen: gracias a ella, podíamos sentir la seguridad y el apoyo para comenzar a hablar de los abusos y las violencias machistas que empapaban la escena; podíamos ver a nuestras hermanas, reconocerlas, y unirnos para acabar con la impunidad. Y nuestro grupo nació poco después, brotando en distintas partes del Estado (y más allá).

Hoy, lunes 29 de enero, llevamos a cabo en Madrid la lectura de nuestro manifiesto frente a las puertas del Museo Reina Sofía. La viralización del #MeToo despertó el interés de los medios en nosotras y, ante su constante apelación, decidimos convocar un acto público contundente, en el que depositar un mensaje colectivo, elaborado entre muchas, donde, al poner nuestros cuerpos, pudiéramos mostrar nuestra fuerza.

 

El manifiesto:                                                                         

«Somos La Caja de Pandora, un grupo no mixto de más de 3000 mujeres y otras identidades de género no hegemónicas, vinculadas con el arte y la cultura. Somos feministas, antirracistas, anticapacitistas e inclusivas con todas las diversidades. Organizadas y en lucha por un contexto libre de violencias machistas y abusos de poder.

El grupo se constituye en julio de 2017 como plataforma de apoyo y cuidados en respuesta a la denuncia por abuso sexual, que la artista Carmen Tomé interpuso e hizo pública, contra José Javier Barba Sánchez, conocido en el mundo del arte como “Javier Duero”.

A raíz de este caso se empiezan a compartir las situaciones de agresión, opresión, coacción e invisibilización que dibujan la forma de funcionar sistémica y estructural que existe tanto en nuestra sociedad heteropatriarcal como en nuestro sector en particular.

Estamos aquí para abrir La Caja de Pandora públicamente y mostrar nuestro apoyo a Carmen Tomé y a todas las Carmen Tomé que ha habido y que desgraciadamente hay.
Nosotras sí os creemos.

El 20 de julio de 2017, en el contexto del programa de Residencias A Quemarropa en Alicante, la artista Carmen Tomé sufrió un abuso sexual por parte de Javier Duero. Tomé era residente y Duero participaba en calidad de tutor.

En este contexto se creó una situación de triple agresión e indefensión:

– En primer lugar, por ser él un hombre y ella una mujer en una sociedad marcada por la desigualdad.
– En segundo lugar, porque él ejercía una figura de autoridad estando contratado para ofrecer formación en la residencia artística en la que ella había sido seleccionada.
– Y en tercer lugar, por tener él una posición privilegiada, puesto que representa una figura de poder dentro del mundo del arte, ejerciendo como comisario, docente, gestor y mediador cultural.

Esto sucede en un espacio que tenía que ser seguro, no sólo para la artista, si no para todas las residentes y colaboradoras. Una vez más, se pone de manifiesto cómo las estructuras de poder se aprovechan de los privilegios que los hombres ostentan; de la privacidad de los espacios donde generan sus agresiones, que repliegan a la mujer a un espacio de indefensión e inseguridad.

Esta coyuntura genera que en muchos casos silenciemos nuestras voces en situaciones de agresión, por el temor a que nuestra palabra no sea escuchada, sea descalificada, menospreciada y tachada de falsedad, quedando nosotras personal y profesionalmente expuestas.

En muchos de los casos en los que la mujer decide hacerlo público o denunciar, las presiones a las que nos vemos sometidas y las puertas que se cierran para nosotras, nos obligan a retirar la denuncia.

Judicialmente, las agresiones cometidas en un ámbito privado, suelen archivarse por la dificultad que existe para que la víctima, en este caso superviviente, acredite con pruebas la agresión que ha sufrido. Dejándole a ella en una situación imposible ya que será su palabra contra la de su agresor.

Este tipo de agresiones y/o abusos se realizan con normalidad en todas las situaciones de la vida, y en nuestro sector del arte y la cultura de una forma muy específica. La mala praxis y los acuerdos tan laxos a los que nos vemos sometidas, generan que las mujeres en el arte estemos constantemente expuestas a ciertas agresiones absolutamente normalizadas e interiorizadas.

Declaramos nuestro total apoyo a Carmen, a todas las mujeres que están tratando de sobrevivir más allá de la agresión y reclamamos que se investigue lo necesario, se estudie el contexto y lo que precede a las agresiones para que no queden en agua de borraja, que ellas se queden solas sin que públicamente se haya identificado lo sucedido y que la imagen de los agresores quede intacta. Permitiendo que ellos continúen ejerciendo tanto su poder, como sus privilegios en los cargos que profesionalmente continúan ocupando.

Ellos y las instituciones que les albergan, exponen a las personas con las que trabajan a espacios de inseguridad, en los que este tipo de agresiones siguen sucediendo de manera reiterada. Se protege así a las personas agresoras y se desampara al resto. Las instituciones se hacen cómplices y formulan una estructura que permite que estas formas de violencia se perpetúen, sin que se reconozca lo sucedido ni se posibiliten las formas de transformar la realidad, hasta conseguir una en la que todas estemos a salvo y tengamos las mismas oportunidades en libertad.

Exigimos a las instituciones que establezcan los protocolos, pactos y consensos necesarios para salvaguardar la vida y facilitar que ésta pueda desarrollarse con dignidad y libertad, haciendo frente a la violencia machista fruto del poder hegemónico.

La Caja de Pandora funciona como espacio de sororidad, de hermanamiento entre mujeres, para darnos el calor y la cercanía que nos han querido arrebatar. Nos posicionamos unas junto a las otras, formulando un grupo heterogéneo y comunitario, para tejer unas redes que nos recuerden que no estamos solas.

Actualmente en el grupo se están compartiendo experiencias y testimonios. Estamos creando nuestra propia organización interna para construir recursos pedagógicos, jurídicos, afectivos y preventivos.

Revindicaremos tanto nuestra voz, como nuestra legitimidad para señalar las agresiones a las que nos vemos sometidas y a las instituciones que las silencian y las permiten.

Asimismo, exigimos que se nos reconozca en todos los aspectos de la vida y en el ámbito artístico y cultural. No permitimos seguir siendo invisibilizadas o ninguneadas por nadie, absolutamente nadie.

Las pandoras, tendemos la mano y abrimos nuestro círculo a todas las mujeres e identidades diversas para que cuenten con nuestro apoyo, y nosotras con el suyo. Para seguir sumando y que sepamos que no estamos solas. No lo estábamos, ahora lo sabemos y ya no lo vamos a volver a olvidar. Estos hombres agresores, que hacen uso de sus privilegios, tampoco deberían olvidarlo. Si tocan a una, nos tocan a todas.

Por último, nos gustaría agradecer a todas las personas que nos han precedido en esta lucha y a las que forman parte de ella en la actualidad.
Por las que no están, por las que estamos y por las que tienen que venir, ni una menos.»

 

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