Conversación con los trabajadores de la planta de Coca-Cola en Fuenlabrada

Recientemente tuve la oportunidad de conversar con Marcelo Álvarez, secretario del Comité de Empresa de Coca-Cola. Procedo ahora a explicar su historia y su situación actual. Por un lado, espero que con esta pieza obtengáis una visión clara de la lucha que llevaron a cabo los trabajadores de la planta de Coca-Cola en Fuenlabrada (sí, esa que los medios silencian). Por otro, espero transmitiros la fuerza e ilusión para seguir adelante y reivindicar sus derechos como trabajadores que me contagiaron el día que fui a visitarlos. Pregunté a Coca-Cola si tenía algo que decir al respecto, y no obtuve respuesta alguna. Ha llegado el momento de contar cuanto sucedió:

Todo empezó en los años sesenta, cuando el régimen franquista comenzó sus políticas de apertura al mundo y la autarquía y el bloqueo internacional dieron paso al período desarrollista, donde el gobierno pasó a estar controlado por la facción católica, a su vez capitaneada por el Opus Dei. Las grandes empresas, como Coca-Cola, comenzaron a instalarse en nuestro país, ya que los trabajadores tenían sueldos bajos y el régimen condenaba férreamente la protesta y la huelga. Así, el gobierno franquista repartió a dedo las licencias para las plantas embotelladoras a numerosas empresas, entre las que se encontraba la empresa Casbega, que se hizo con el control de la planta embotelladora que se construyó en Fuenlabrada.

Un día, y, pese que inicialmente había dicho lo contrario, la compañía materializó un ERE el 31 de marzo del año 2014 que dejó fuera a 235 personas (820 en total en las fábricas de España). Esta medida resultó bastante sorprendente para los trabajadores, ya que:

  • Se producían 120 millones de cajas al año y el balance de situación de la embotelladora mostraba beneficios.
  • Era la fábrica con más trabajadores del territorio español
  • Era la fábrica que más distancia guardaba con respecto al resto, que se encontraban en el litoral.
  • Producir en Madrid es más barato energéticamente y en cuanto al coste de las potablilizadoras se puede afirmar que es menor que en las zonas costeras, debido a que estas tienen aguas más duras.
  • Madrid consume Coca-Cola durante todo el año, a diferencia del resto de fábricas costeras, donde el consumo tiene mayor temporalidad.

Detrás de los motivos que la compañía alegó, se encuentra el hecho de que los trabajadores de la planta de Fuenlabrada estaban muy organizados y consiguieron gracias a ello notables convenios laborales, que les garantizaban unas condiciones de trabajo y salarios (incluso un plan de pensiones, exclusivo para los trabajadores de la embotelladora madrileña Casbega) que estaban por encima de los del resto de fábricas del grupo Coca-Cola Iberian Partners, que tenían sindicatos menos organizados. En la planta de Fuenlabrada, el sindicato más activo fue CC.OO.

El campamento organizado por los trabajadores y trabajadoras de Coca-Cola
El campamento organizado por los trabajadores y trabajadoras de Coca-Cola

La compañía dio varias opciones voluntarias a los trabajadores despedidos, entre las que se encontraba la de mandarlos a otras fábricas (y ellos tenían allí sus vidas y sus familias). Tras meses de lucha y de organización, la Audiencia Nacional emitió una sentencia que obligó a Coca-Cola a readmitir a sus trabajadores en las mismas condiciones de trabajo, esto es, con el mismo sueldo y realizando las mismas funciones. La compañía tenía que abrir de nuevo las fábricas de Alicante, Palma, Asturias y Fuenlabrada. Ante esto, decidió desmontarlas todas antes de que llegase la sentencia del Tribunal Supremo que ratificase cuanto había dicho la Audiencia Nacional, para poder argumentar que no había fábrica donde readmitir a los trabajadores despedidos.

La multinacional consiguió desmantelar las fábricas de Alicante, Palma de Mallorca y Asturias, pero en Fuenlabrada los trabajadores resistieron montando un campamento e instalándose en las inmediaciones de la fábrica y lograron impedirlo. De este modo, salió a la luz una sentencia del Tribunal Supremo que declaraba nulo el ERE y Coca-Cola tuvo que mandar cartas de readmisión a quienes habían sido despedidos. A partir de aquí, la empresa y los trabajadores se enfrentaron y la tensión entre ambas partes siguió in crescendo hasta el punto de que Víctor Rufart, Director de Estrategia de Coca-Cola European Partners llegó a decir que “o Fuenlabrada o su cabeza”. La empresa se negaba incluso en un principio a pagar los salarios de sustanciación a los trabajadores (aquellos que debían haber percibido durante el período de tiempo en que fueron despedidos por la compañía).

Lejos de que este conflicto llegase a su fin, Coca-Cola presentó ante la Audiencia Nacional un proyecto mediante el cual convertía la fábrica de Fuenlabrada en un COIL (Centro de Operaciones Industriales y Logísticas), que surgió después de que las empresas embotelladoras de Coca-Cola se unificasen y creasen un nuevo plan industrial. La empresa planteó este nuevo centro como el motor logístico de la compañía en España, donde se llevarían a cabo labores de I+D encaminadas a investigar para impulsar la automatización de las otras fábricas y aumentar el ritmo de producción y, por ende, sus beneficios.

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Miembros del Comité de Empresa de Coca-Cola en Fuenlabrada. A la izquierda, Marcelo

No obstante, la situación que viven los trabajadores hoy en día es otra, y dista mucho de lo que Coca-Cola prometió en su día. Desde la empresa se alega que era difícil programar el funcionamiento de la fábrica en tan poco tiempo y que cuanto presentaron a la AN para transformar la fábrica en COIL era “una especie de borrador”, y desde el Comité se apunta a que la empresa pudo incurrir en fraude procesal, como pudimos observar en el CASO CACAOLAT

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Trabajadores de Coca-Cola celebrando la sentencia del Tribunal Supremo

La realidad del COIL son mecánicos (como el propio Marcelo, Secretario del Comité) ejerciendo de administrativos o químicos realizando labores de limpieza y mantenimiento. La realidad del COIL son trabajadores realizando las labores que antes realizaban máquinas en la propia planta de Fuenlabrada. La realidad del COIL son operarios encargándose de tareas que antes realizaban empresas subcontratadas por Coca-Cola, como la limpieza. La realidad del COIL es que no se ha respetado el puesto de trabajo de los empleados, y tampoco el salario que, en términos brutos, podría haberse visto mermado unos trescientos euros por trabajador. Marcelo me contó cómo había pasado de ser un mecánico a ser un administrativo que apenas recibía un encargo por día en su bandeja de entrada del correo electrónico (por esa vía reciben órdenes cada mañana para ponerse a trabajar), cómo su horario había cambiado y cómo, al trabajar menos horas (algunos domingos por la tarde tenía que ir a poner en funcionamiento las máquinas para el día siguiente y trabajaba además durante un fin de semana cada mes) percibía menos dinero en su nómina cuando llegaba el momento de cobrar.

Actualmente, los trabajadores siguen luchando para conseguir que la fábrica reabra como centro productivo. El pasado 17 de enero, el Tribunal Supremo dijo que la forma en que los trabajadores habían sido readmitidos por Coca-Cola era válida. Los trabajadores de #CocaColaEnLucha anuncian que irán hasta el Tribunal de Estrasburgo si hace falta, y que seguirán plantando cara al gigante de los refrescos hasta que este respete los derechos de sus trabajadores y la sentencia que dice que tenían que ser readmitidos en las mismas condiciones en que se encontraban antes de que se llevase a cabo el ERE. Si algo han demostrado es que sí se puede ganar una lucha de estas dimensiones, y que no es tiempo de darse por vencidos.

Me gustaría acabar esta entrada con las palabras (extraídas del libro autobiográfico Somos Coca-Cola en lucha de Héctor, uno de los hijos de un trabajador de la planta que fue despedido en el ERE de 2014, porque creo que no hay sinceridad más grande que la de un niño de nueve años: “primero papá recibió la carta y luego se lo dijo a mamá. Mamá se puso a llorar y me lo dijo, y entonces yo me puse a llorar también (…) mi padre y los demás se quedaban en el campamento porque si no entraban los tanques esos…que querían quitar las embotelladoras. Querían quitar las máquinas embotelladoras (…) yo le decía a mi padre si podía ir cuando tenía guardia de la mañana y alguna vez he ido porque me gustaba estar con mi padre y ayudarle”.

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